¿Hay otra vida?
Alguien pasaba por el stand ayer y comentaba que le resultaba raro pasear por la Feria después de haber trabajado cuatro años consecutivos en ella. Fue justo en ese instante cuando caí en la cuenta que no sé qué significa una vida sin Feria. Si no fuera porque nací en el mes de noviembre, juraría que mi madre me parió en el predio. No en éste, claro, sino en el anterior. Y si no fue así, si no nací con la feria, mi memoria no registra una vida anterior. En mis recuerdos más lejanos, inocentes e infantiles, la Feria ya estaba instalada. Y esto significa unas cuantas cosas. Por ejemplo, que desde chica descubrí que es lindísimo hacer torres con los libros. Que los pasillos son lugares ideales para correr carreras, incluso cuando hay gente porque agrega la adrenalina de esquivarla. Que la Semana Santa es una serie de días en los cuales toda la gente, menos yo y los que me rodean, se va a algún lado a recuperar fuerzas mientras nosotros las perdemos. Que el Día del Trabajador es un día que se festeja laburando. Que la Feria a veces se convierte en un buen lugar para reencontrar amores perdidos. Que antes de que empiece, uno ya desea que termine. Que si hay algo que quiero hacer, éste no es el momento. Que si la sobrevivimos es sólo para volver a vivirla el año próximo. Y la lista podría continuar pero a esta altura siempre se está demasiado cansado como para terminar cualquier cosa que se comienza.