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| todoy nada |
14.5.09
6.5.09
Crónica inútil demasiado personal Después de treinta años de escribir sobre la Feria del Libro para casi todos los medios nacionales de la Argentina (y de editar durante cuatro o cinco el Diario Oficial de la exposición, que este año no salió por razones que no me interesa conocer) creo que ya no hay nada que pueda decirse. O en todo caso, nada que otro no lo haya dicho mejor. Frente a esto, no cabe otra alternativa que remitirse a cuestiones estrictamente personales que, en definitva, configuran una crónica inútil que no es otra cosa que lo que nos pide Paula para este blog "ferial". De manera que no voy a trata de ser original, ni voy a abrumarlos con todo lo que ya se ha escrito (sin resultado alguno) sobre los precios de un café, una coca o un pedazo de torta que cotizan en la Bolsa de Valores. Hace años que con amigos escritores, editores y libreros, conocidos y empleados de la muestra, sabemos que si uno no quiere sentirse estafado por los concesionarios de los puestos de comida, hay que llevar siempre a mano un paquete de galletitas y, de ser posible, un termo con café con leche o una gaseosa. No puedo decir que vi como Rutger Hauer en la escena final de Blade Runner, "naves de ataque ardiendo más alla de Orión" ni "rayos C brillando cerca de la Puertas de Tannhauser", pero en tantos años sí vi muchas cosas y viví otras tantas. Tiro algunas, inéditas o editadas oportunamente. Por ejemplo aquella charla con Ray Bradbury, en una cabina que parecía de cartón en el viejo Centro Municipal de Exposiciones, cuando no pude sacarle los ojos de encima mientras se bajaba dos botellas de vino tinto en un santiamén (de mis tiempos de fetichista, aún guardo una de esas botellas). O el día en que mi hijo mayor, Ariel, con dos años y mucha fiebre, no tuvo mejor idea que salpicar con un vómito sideral a uno de mis dos entrevistados de ese momento: Pablo Milanés (el otro era Silvio Rodríguez). O las lágrimas de Adolfo Bioy Casares mientras me contaba cosas de su amigo Borges muerto poco tiempo antes, y la risa del serio y circunspecto Juan Rulfo cuando hicimos un alto en una charla porque los dos nos estábamos meando, lo que no interrumpió el diálogo mientras estaba cada uno de nosotros frente a su mingitorio. O la pila de sándwiches de miga que se devoró –inexplicablemente sin reventar– Giorgio Bassani, mientras me contaba que no le había gustado la adaptación cinematográfica de El jardín de los Finzi Contini. En todos estos años, entrevisté (entusiasmos y desilusiones mediante) desde Autran Dourado o Nélida Piñón, hasta Coelho (con quien tuve una discusión terrible), Jorge Edwards o José Donoso. Con Doc Comparato y Carlos Monsivais hicimos muy buenas migas; con Mario Benedetti tuvimos un cruce, casi nos agarramos a las piñas y terminamos charlando amablemente café mediante. Con James Kirkwood comimos en el viejo restaurante del Centro Municipal y recién cuando nos despedimos me di cuenta que ninguno había pagado, lo que al día de hoy considero un tiro para la justicia. Y Saramago, Vargas Llosa, Paul Auster, Perez Reverte, Borges, Olga Orozco, el querido Negro Fontanarrosa, Soriano, etc., etc., etc. Y naturalmente muchos escritores argentinos, siempre a la sombra de los que llegaban de afuera (eso sigue siendo así), aunque en muchos casos eran inmensamente superiores. Pero con varios de ellos tuve y sigo teniendo amistades, desde los tiempos en que yo editaba un pasquín con el horrible nombre de El espectador de la cultura, en el que –entre otros– escribía un por entonces compañero corrector en épocas de Timerman, que siempre me traía una valija con una pila infinita de papeles tipeados con la Olivetti Lexicon para que le pegara una leída (aquel corrector era Alberto Laiseca y el libro era Los Sorias). Y entre mis papeles, aún tengo una libreta con las pestes que hablaban de la Feria muchos que después, con los años, se ofendían (y aún se ofenden) si no los llevaban a firmar ejemplares. Como los amigos lectores de Crónicas inútiles se darán cuenta, esto no es una crónica en el sentido más estricto. Pero me perdona saber que nada demasiado estricto va con mi personalidad. En cualquier caso, para que la querida amiga Paula no se sienta defraudada, puede ser tomada como una crónica no del espacio ferial y de sus actuales habitués, sino de su tiempo. Que como todos sabemos es relativo. Una especie de Marienbad o isla de Morel. O simplemente que cuando me senté a escribir una crónica me dejé llevar por la nostalgia.
5.5.09
La feria es una experiencia que no deberías perderte, me dijo Paulita. Yo sé que sí. Que en realidad uno no debería perderse ninguna experiencia. Pero, pedante como soy, le dije que ni mamado. Que sólo iría a la fiesta como invitado, cuando me toque. Hay que tener cuidado con lo que uno dice. A veces el tiro sale por la culata. Así, a su modo, mi profecía se hizo realidad. El año pasado concurrí a una feria. Como invitado. Participé de una charla abierta con un par de escritores amigos. Supe qué es lo que se siente estar del otro lado del mostrador. Y también, aunque brevemente, fue un visitante anónimo, uno más entre la gente. La noche que tramé ir como un mero visitante debía despachar antes un compromiso. Me harían una nota en la radio. Sí, a mí. A mí solo. Así que temprano, digamos a las siete, rumbeé hacia el predio donde se realizaba el evento. Me insinué al móvil de la radio y el individuo al que llamaremos Animal de radio, a la postre uno de los principales artífices de la feria, me dijo esperá un poco, a tu nota vamos a hacerla en el bar. Así que me senté a una mesa junto a un escritor local y una escritora a la que yo no conocía, joven, delicada, lo que se diría una belleza dark. A Poe le hubiera encantado. Hasta que llegó mi turno en la radio, el escritor y yo pugnamos por ganarnos la atención de ella. Sin suerte, pero lo que vale en estos casos es la brega. Eso es lo que digo yo, a manera de consuelo. De tontos. O sea: el escritor local tampoco pudo con ella. Al rato, fuera de micrófonos, Animal de radio me dice: el año que viene traemos a Belén Francese. A Araceli. Cobramos entrada. Nos llenamos de oro. Le digo que está en lo cierto. Las ferias son un poco eso, ¿no? Al momento de la nota ya había corrido alguna cerveza por nuestros gargueros. Estuve chispeante, levemente irónico, la hipomanía tomaba por asalto mi ser. Animal siguió en lo suyo, y yo me quedé solo en mi mesa, viendo la gente pasar. Decidí pedir otra cerveza, lo que en cierto modo era postergar mi visita a los pasillos, a los stands, a la verdadera feria y me limité a ver la gente pasar. Muchas parejas, algunas jovencitas en flor, una buena parte de ellas portadora de unos culitos mullitos que valdría la pena citar como atractivo turístico. En eso se acercan a mi mesa dos señores. Uno de ellos, a punto de sentarse, me dice señor, no se sienta invadido, venimos de parte de, y ahí es cuando dio el nombre mágico de Animal de radio. Antes de que yo me acordase de mis planes, estábamos hablando como viejos amigos. Uno era librero, el otro videasta. Al rato volvió Animal, y de paso trajo a su hija. ¿Es bella, no?, me dijo, y yo dije sí, aunque no te lo hubiera dicho. Al cabo, me quedaba algún pudor. Se fueron ellos, y nos sumamos a otra mesa. Estos se decían historiadores. Toda gente muy cordial, muy amiga del trago, de la risa fácil, que me hizo sentir como en casa. Lo que siguió después, me lo reservo. El caso es que no me adentré a los pasillos. Me quedé en eso que Animal llamaba la entraña misma de la feria. Asistí como espectador a una entrevista abierta. El protagonista era un poeta, posiblemente de lo mejor que tenga hoy el país. Aunque yo no entienda demasiado de poesía, ni esté seguro si el fulano en cuestión ya tiene una obra valedera o es una promesa valiosa en su condición de tal. En la charla el tipo estaba de lo más incómodo. Las preguntas, aunque pertinentes, creaban un abismo entre él y su entrevistadora. Sobre el final, cuando la charla se abrió a las preguntas del público, el poeta abandonó la madriguera. Fue lo mejor, claro que siempre hay un pero. Alguien del público, un poeta local, según me aclararon después, le pidió que leyera algún poema. El poeta, de regreso a la madriguera, arguyó que no traía ningún libro consigo. La entrevistadora le extendió uno. Sentí pena por él, que apenas alcanzó a decir que sentía que todos esos poemas ya no le pertenecían. Cada uno, a su modo, estaba ligado a otro tiempo, a un tipo que ya no era él. Sin embargo, con voz temblorosa, leyó. Cuando volvíamos al hotel, uno de mis compañeros y yo, nos cruzamos en la calle con el poeta. ¿Venís a comer con nosotros?, preguntó mi compañero y él: tengo que ir a buscar guita al cajero. Y me dio una palmada. ¿Viste eso?, dije. Me embargó un sentimiento como nunca. Después pensé que la vista lo había traicionado, que me confundía con alguien. O que, en vista de mi compañía, supuso que yo era otro, alguien que en ese momento se le escapaba de la memoria y quiso mostrarse compinche. No me importó. Olvidé el incidente. El restaurante donde comíamos se llama La construcción. Atiende el mozo más simpático que yo haya conocido en mi vida, aunque digo eso y soy injusto: toda la gente con la que traté mostraba un nivel de afabilidad para mí desconocido. Puede que ya hubiéramos ordenado nuestros platos, no sé, pero en eso llegó el poeta. Mi compañero le hizo una seña y se sumó a nosotros. Sentate acá, me dijo una amiga, ofreciéndome la silla vecina a la del fulano, vos lo vas a disfrutar más. Dejá, dije yo. A veces soy así, no entiendo por qué. Llegaron todos los platos, todos menos mi bife de chorizo. Cuando vino, lo comí a las apuradas, inquieto, entre generosos tragos de Santa Florentina, uno de los vinos motivo de orgullo provincial. De a poco nuestra mesa se fue despoblando. Y eso fue lo mejor. El vino nos trajo nombres amigos, frases para el recuerdo, poemas dignos de antología, que mis contertulios eran capaces de repetir de memoria. Pocas veces en mi vida he sido tan feliz. Alguna otra vez voy a contar cómo me sentí del otro lado del mostrador. Por ahora sólo me interesa dejar en claro que lo mejor de la feria -de aquélla, de ésta- es la trastienda, lo que está vedado a los ojos del gran público. Cuando no hay ansiedad ni marquesina ni morbo, cuando los albañiles de esa torre de babel que es la literatura (escritores, editores, libreros, activistas culturales) se ofrecen generosos, compañeros de ruta, hedonistas incomprendidos, hay una pequeña esperanza que nace, como el paciente capricho del retoño en los escombros de un derrumbe. Aunque, quién sabe, a lo mejor lo soñé.
3.5.09
Fui tomando notas todos los días con el objeto de escribir algo original, pero tras releer algunas de las crónicas del año pasado, en especial la última de Guillermo Piro, me doy cuenta de que no vi nada que otros no hayan visto antes, entonces descarto la mayoría de los papelitos que garabateé en el Kentucky de Thames y Santa Fe y me resigno a acatar el postulado de este blog, mi crónica será absolutamente inútil, si usted quiere puede dejar de leer en este preciso momento. La última vez que asistí a la Feria del Libro de Buenos Aires fue en el año 2006, un domingo cerca del final, recorrí los stands, compré un par de libros y después me dediqué a seguir a un sujeto experto en robar libros, se llevó varios gratis. Eso fue lo único divertido, básicamente me desesperaba que hubiese tanta gente caminando en cámara lenta, era como estar en un desfile de caracoles, desesperante. Me fui antes de lo previsto, no sin antes prometer que nunca más volvería. Claro, por ese entonces no me imaginaba que tres años después estaría viviendo en Buenos Aires y mucho menos que tendría la oportunidad de trabajar en la Feria, de asistir diariamente, de ver cómo se monta y se desmonta ese enorme shopping transitorio; de manera que, una vez más, rompí mis promesas. Podemos dividir a las personas que concurren a la Feria del Libro en varias categorías: los que están al pedo y "sólo están mirando", los que buscan libros inexistentes, los que agotan su cuota anual de contacto con los libros durante el evento, los que van a cualquier exposición de cualquier cosa para colarse en las conferencias y presentaciones para ver si comen un sanguchito de arriba y, por último, los lectores. Estos últimos son de todos los más ingenuos, asisten cada año con la esperanza de encontrar precios más bajos, libros que no se consiguen en librerías o alguna joyita literaria aún sin descubrir; pero la mayoría de las veces dejan la Rural decepcionados, de cualquier manera una mezcla de falta de memoria y optimismo desmedido los hace regresar al año siguiente. Es que, a decir verdad, no hay ningún título en la Feria que no se pueda conseguir durante un tranquilo paseo por Corrientes, los precios son los mismos y el café es mucho más barato en el bar La Paz (además aquí hay salón fumadores). Aunque claro, por definición la Feria del Libro promueve el "contacto directo entre el autor y el lector" y esto puede ser un incentivo para preferirla a Corrientes y pagar la entrada, pero esto es algo del pasado o un mito, no sé. Salvo que Narda Lepes, Guillermo Coppola o Cumbio sean considerados autores, me parece muy difícil que ese contacto se haga realidad, sacando los cinco minutos que estuve con Gustavo Nielsen, el pucho que me fumé con Genovese en la puerta o algunos cafés con Paula Pampín, lo más cerca que estuve de contactar a un escritor fue el día que oriné junto al ganador de un Premio Herralde bastante reciente. De manera que la Feria del Libro no ofrece a sus visitantes mucho más que la posibilidad de perderse en el laberíntico predio de coloridos pasillos o de pagar $10 por un pancho y una coca, pero por alguna razón misteriosa e indefinible, como me dijo alguien que tiene muchos años de Feria: "hay que estar".
30.4.09
Qué fantástica (?) esta fiesta
El primer (sánguche) por la mañana, el segundo por la noche La Goethe largó a la mañana del martes con un encuentro de editores en paralelo con la Feria. Yo lo había leído en Radar del domingo y fui con un plan dibujado: darles un Auschwitz a cada uno de los editores alemanes, cinco en total. Cumplí con mi deber y me marché después de escuchar excelentes charlas y comer media docena de manzanas verdes. Estuve con Tabarovsky y con Carlos, el editor de SXXI, que comían galletitas. Me enteré de que ya salieron publicadas las Memorias de Fitzcarraldo en español, escritas por Herzog y traducidas y editadas por un chico simpatiquísimo que se lleva mal con las agencias españolas. Adriana Hidalgo dijo: "Me gustan los libros sin fecha de vencimiento" y "lo importante es ser local en todos lados", a lo que adhirió Alejandro Katz agregando que "la frontera nacional debería ser una curiosidad, no un requisito". Saludé a Divinsky que no paraba de clavarse unos sánguches de queso súper sabrosos. A la tarde trabajé un poco y a las siete fui para la Rural a escuchar a Juan José Millás en un hermosísimo discurso sobre las palabras en la vida de un escritor. Acto seguido pasamos al brindis de España. Vinazos y canapés. Estaban todos los mismos de la mañana: Adriana Hidalgo, Alejandro Katz, Carlos de SXXI, Tabarovsky, el chico simpatiquísimo que se lleva mal con las agencias españolas y Divinsky, que inclusive me dijo: "se te extrañó a la tarde". Conclusión: los escritores y los editores vamos a las Ferias a morfar, no importa qué momento del día sea.
29.4.09
En estación Tribunales de la línea D, subió Franz. Largo, flaco, hombros amplios, un poco jiboso por el ejercicio de la altura. Lucía una cabeza en ángulo, perdido el mentón hacia el pecho, dos pantallas sin satélite de referencia como orejas -algo salidas, pero redondas al extremo (pedazos de masa aplanados, compuestos por la geometría de una copa). Vestía un traje marrón desabrochado, camisa blanca sin corbata. Kafka venía de trabajar. Entre la lectura y los movimientos del viaje lo observé varias veces. Con un cabello más claro (o menos denso que en una foto en blanco y negro) intenté imaginarlo con kipá. En el instante que me distraje, entre una estación y otra, en el descenso (pero no lo vi moverse hacia la puerta de salida), o con la justeza malabar del acróbata, saltó al andén por una ventana, tan flaco, volátil, que resultaba imposible atraparlo en plena trayectoria. O se desplazó oculto tras lo voluminoso del pasaje, en esos avances torpes del paso contra paso, imitación del tren infantil entre adultos torpes. El resto del viaje busqué atentamente con la mirada (incluso en los reflejos de los vidrios), pero ya no estaba ahí, había migrado sin elevarse, imperceptible. ¿A qué venía el boceto espiritual de su presencia? ¿Ésa es la forma en que la lectura retorna por encima de la memoria? ¿Será así mi vida hasta el descanso inevitable de la muerte? Observé desconfiado todo el entorno antes de bajar, ojos corderiles, ojos mochos, ópalos de resignación. Y tuve la certeza que era él, no otro, en sus ojos el brillo adquiría particular inquietud. No me vio, pero percibía la presencia de ese alguien que lo descubría en la desnudez de intenciones. Era una advertencia, tal vez el gesto sin forma con que el pasado saluda al próximo inquilino, o la procaz ironía de todas esas palabras que nunca pasaron al papel, como energía saltando el destino, evadiendo toda función, fuera de sistema y sin objeto. ¿Será por la traición de Brod? ¿Quería advertirme sobre el riesgo de pisar el camposanto libresco en su impúdica exhibición? ¿O era una nota al margen (casi firma, grafo de cueva arcaica) invocando la desilusión de los estantes? Largo como un lomo allí arriba (en la profundidad de campo del vagón de subte), fuera de alcance del curioso ocasional, sin peldaños para llegar a él, ¿qué guardará el libro encuadernado sin inscripción? Con la certeza de que no era una biblioteca lo que esperaba por mí, y que sus lenguas de color, alfombras sin magia que darían la sensación de movimiento acolchonando los pies (cierta comodidad silenciosa del desplazamiento, anudado en el ritual hacia el altar de una letra encumbrada e incognoscible), subí las escaleras desde la serpiente ruidosa hacia un sol cetrino agitado por el tránsito. Quedé frente al monumento esperando el color de un semáforo y volví a buscarlo. Otros nadies como yo esperaban la orden. Con los libros existe el mismo misterio que en la oscuridad de los túneles, pero en la superficie la dispersión golpea la posibilidad de una escenografía, hay olores, vapores macerados de comida rancia. Caminé a la sombra hasta la puerta indicada en la que funcionarios disfrazados de bomberos patinaban mi imagen, hacían preguntas observando. Ya era un cordero esperando para la exhibición, antes del sacrificio, en esa angustia torpe mezcla del desconocimiento ajeno y el terror individual. La advertencia de Franz, ese agitarse entre desconocidos de todo conocimiento, tomaba la dimensión de lo real: estaba en tránsito hacia colores sin estética, marcas desesperadas, libros cerrados. Letras en clausura. Cuando algo "cultural" está por ocurrir todos exhiben una amabilidad redundante. ¿A quién no le gusta ser tratado con tan extrema cortesía? Es para distender a los participantes, darles la oportunidad de agitar la llama endeble de la lucidez en un entorno siempre hostil. En la rectitud inorgánica del stand de Ñ predomina el espacio bar-living de una estancia sin paisaje posterior: falta el mar o un parque infinito con un bosque perdido en mascullar las sombras del atardecer. Falta la quietud natural y su indiferencia hacia el tiempo. Alguien aterriza en la charla informal y escucho (o quiero escuchar) lo remanido de lo común: es lo que hay, son así las cosas, nada cambiará por los siglos de los siglos. Silencio. Observo la diversidad del gentío. La mayoría ambula con libros en bolsitas, otros acosan las estanterías a la vista de personas ocupadas en preservar el intercambio de valores por objetos. Ansias encuadradas por comisarios. El público luce ropas de pobre colorido; grises, negros, ocres, cremas pálidos. Hay una madre joven con remera verde, un caso entre cientos, mancha diluyéndose. Sentémonos para comenzar y las miradas de los concurrentes se hacen bovinas, buscan símbolos en los que estamos a dos escalones sentados en mullidas sillas sobre una tarima, una mesa blanca por delante, una pantalla de plasma a espaldas, repitiendo vaya a saber qué (ritual televisivo, ¿videograph de lo que no se dirá?). Los ruidos de las cosas de un bar, el murmullo de los paseantes, un parlante oculto repitiendo consignas, y falta el motor del camión acelerando. Sonido ambiente, reverberación de la serpiente-subte. ¿O la advertencia de Franz era respecto a esa actividad humana que inventa recursos para no escuchar? De todas formas, lo audible será incomprensible. La charla obedece a lo planificado. Lectores en red, lectores sin perfil, lectores a la deriva en un mundo tan apartado como anónimo. El otro planeta a sus pies, sensación de dominio de una tecnología que siempre es ajena. Quedan palabras en piedras, dibujadas en la faz que las sustenta, impresionando sin huella la tierra misma, húmeda, vacante. Mientras hablamos (por suerte Humberto ocupa toda la timidez y el asombro que me aquejan), en la diferencia entre el pequeño escenario y la primera línea de público sentado al frente, queda un pasillo bastante amplio por el que caminan -sin siquiera percibir lo que ocurre-, dos o tres personas con aires de turistas aburridos. Imprevisto, un señor más delgado que Franz, con una camisa a rayas grises sobre una tela arrugada mucho antes que las rayas admitieran su existencia, se detiene a mirarnos. Inquiere seriamente, observa sin importarle que obstaculiza. Luego sigue para diluirse en el espacio oleaginoso del pasillo lateral. En la pequeña libreta de notas las hormigas de la letra recuerdan lo que no debo olvidar. Espacios blog anteriores: Kaputt. Nazione Indiana y la inspiración de Piro para poner en funcionamiento esa máquina casera de publicar, tan demandante... ¿Logros? El libro en preparación (Libros del Sur-Corpus Libros): Los archivos de Nación Apache, con ese problema intrínseco, la verdadera lectura en el espacio madre de todos los posibles, el del lector. Algunas cifras, y lo más importante, agradecimientos, menciones (algunas, ¿o debía soporizar leyendo la larga lista de blogs que remiten a Nación Apache?): Guillermo Piro, David Wapner, Nicolás González Varela, Leonardo Sai (que llevará adelante los Informes Apaches), Inés Pereira, Paula Pampin, Oliverio Coelho, Susana Cella, Daniel Freidemberg, Edgardo Balduccio, Alejandro "Maguila" Olaguer... Citar otros espacios colectivos: Tapera, La Barbarie, Artepolítica, La Runfla de Rufianes, El Interpretador,... Eterna Cadencia (donde se realizarán las Jornadas Apaches 2009), Hablando del Asunto... Mecánica del funcionamiento, dispersión de la lectura, de la cita, sucesos que hacen al tierno caos de los blogs: esa vocación innata para salir de las agendas y vagar por los bordes. Termina la función y un señor se acerca, extiende el anverso blanco de una tarjeta personal, ¿me da su firma? Lo observo sin comprender. Es que mi sobrino es fanático de Nación Apache y no va a creer que estuve en esta charla. Escribo: un saludo apache para... Pensé en Franz, que se trataba de su emisario, portador de eficaz ironía: hay un lector, un solo lector, por eso vale la pena.
28.4.09
Organizadas por Vanina Berghella de Clarín Blogs, hay charlas para todos los gustos. De más está decir que nuestro corazoncito, junto con nosotros mismos inclusive, dará el presente esta tarde a las 17. Si no tienen otro plan mejor, nos vemos allí.Para los que no puedan asistir, los encuentros se transmitirán en vivo por video y habrá una cobertura de cada uno de ellos utilizando diferentes herramientas digitales: un blog, Twitter y Facebook . Además, los usuarios que sigan los encuentros a través de internet podrán hacer preguntas en las mesas e interactuar con los panelistas y los visitantes. Sábado 25 de abril a las 18 Hs: “Actualidad y futuro de los blogs” Invitados: Mariano Amartino (www.uberbin.net), Jorge Gobbi (www.blogdeviajes.com.ar, www.vidavacia.com.ar y colaborador de Global Voices) y Alberto Arebalos (Director Comunicaciones y RRPP para Google en Lationamérica. Modera: Vanina Berghella (www.clarinblogs.com) Martes 28 de abril a las 17 Hs: “Blogs, literatura y cultura” Invitados: Omar Genovese (www.nacionapache.com.ar) y Humberto Acciarressi (www.atravesdeluniberto.blogspot.com y www.weblogs.larazon.com.ar/miradas) Modera: Laura Cambra (www.cadenasdepalabras.blogspot.com) Miércoles 29 de abril a las 17: “Experiencia de los usuarios de Clarín Blogs” Invitados: Mauricio Javier Howlin (www.blogs.clarin.com/nhsp), Ivonne Semisky y Sandra Rivero (www.blogs.clarin.com/sanalocura). Modera: Luciana Prodan (www.blogs.clarin.com/lostreintaymasss) Web 2.0 y tips para hacer crecer tu blog: Irene Fernández (www.badd.com.ar) Sábado 2 de mayo a las 16 Hs: “Los blogs se convierten en libros” Invitados: Juan Pablo Meneses (www.weblogs.clarin.com/cronicas), Carolina Aguirre (www.bestiaria.blogspot.com) y Leandro Zanoni (www.eblog.com.ar). Modera: Patricio Zunini (www.hablandodelasunto.com.ar) Lunes 4 de mayo a las 17 Hs: “Movilizar y concientizar desde los Blogs” Invitados: Daniela Hacker (www.noticiasdeconsumo.com), Alejandro Marticorena (www.diariodedialisis.wordpress.com) y Candelaria Schamun (www.viajecomoelorto.blogspot.com) Modera: Marta Repupilli (www.martarepupilli.com y www.modaxlavida.org) Martes 5 de mayo a las 17 Hs: “Nativos digitales: usos y costumbres de los chicos de la nueva era” Marcelo Lynch (www.microutopia.com.ar ) y Kevin Furman Modera: Guillermo Lutzky (www.adefinirlo.blogspot.com) Miércoles 6 de mayo a las 17 Hs: “El año del VideoBlog” Invitados: Ismael Briasco (www.miravos.tv), Juan Pablo Hernández (www.vxv.com) y Mariano Sáenz (www.pindonga.tv) Moderador: a confirmar Sábado 9 de mayo a las 16 Hs: “Redes Sociales: tu identidad virtual” Invitados: Alejandro Piscitelli (www.filosofitis.com.ar) y Juan Cruz Mones Cazon (www.idealistas.org) Modera: Iván Adaime (www.ivanadaime.tumblr.com)
24.4.09
-La feria está abierta al público desde el día de ayer hasta el lunes 11 de mayo inclusive y de corrido. (Presten especial atención al "de corrido", ya que esto implica que el 1º de mayo cuando nadie trabaja, nosotros sí lo hacemos). -Los horarios serán de domingo a jueves de 14 a 22, y viernes y sábado de 14 a 23. Salvo el día 30 de abril que hay boliche. O no, pero igual cierra a la 1 de la madrugada. (Seguramente esto será para que el inicio del 1º mismo, nos encuentre trabajando. Qué lindo, qué lindo). -El lugar es el predio de la Rural. Los ingresos habilitados son los de la avenida Santa Fe 4201 (Plaza Italia), avenida Sarmiento 2704, y avenida Cerviño 4474. (De los tres sólo les conviene recordar el de Cerviño que es el único que les puede asegurar en casi todos los días y horarios no hacer cola). -La entradas cuestan de lunes a jueves,10 pesos. Viernes, sábados, domingos y feriado del 1º de mayo, 13 pesos. Tendrán entrada sin cargo todos los días para menores de 12 años acompañados por un adulto, y de lunes a viernes, (con excepción del 1º de Mayo) los jubilados, pensionados, estudiantes, docentes y profesores, presentando su comprobante o carnet, sumamos a esta lista a mis amigos, pero sólo los que se porten bien conmigo y prometan compensar el favor de algún modo.
23.4.09
![]() Hagamos un pequeño ejercicio de concentración. Pongan su mente blanco y enfoquen su vista sobre esta fotografía. Diríjanla ahora hacia el centro de la misma. Desplacen la mirada apenas un poco hacia su izquierda. ¿Lo hicieron? Suban ahora su vista un poquito menos de lo que la desplazaron. ¿Ubicados? El lugar al cual llegaron es el único lugar importante de la Feria. Con el resto veremos qué sucede con el correr de los días. Pero más allá del pequeño ejercicio que hemos realizado, les diremos que las Jornadas Profesionales finalizaron en el día de ayer. Que el clima que se vivía por la noche en la cena de cierre parecía un tanto desalentador. La opinión generalizada decía que sólo un tercio de los visitantes habituales se había acercado este año. Que la gran crisis internacional, que la particular situación nacional, que las elecciones que se adelantan, que las candidaturas testimoniales... Pero a pesar de los pronósticos agoreros, la cosa recién empieza y hoy a las 14 las puertas se abrieron para todos y cada uno de los que se atreva al calor de los focos, al frío del aire acondicionado, a las multitudes, a los precios poco accesibles, a los grupos editoriales cada vez más grandes y al resto cada vez más chico, a las caminatas interminables, a las colas del fernet, a las colas de los baños, a las colas... y a los libros, claro.
Estou acostumada a acordar cedo. Família de feirantes. Dos avôs até hoje, todo mundo vivendo do que é possível vender numa barraca. Cebola, queijos, tomates e pepinos. Bananas e uvas. Melancia na época de melancia. Caqui na época de caqui. Eu sou a última geração. Modernidade. Crise financeira global e o escambau. Quis inovar. Agora estou aqui. Na minha barraca de feira. Semana passada até que foi bom. Era época de Garcia Marques. Vendi uma meia dúzia praquela mulher sonhadora do apartamento em frente. Garcia Marques é bom pra mulheres sonhadoras. Se forem solteiras aos quarenta anos, como é o caso dela, melhor ainda. Ontem mesmo vendi alguns pro moleque do fim da rua. Algum Poe. Ele vive com os olhos abertos, espantados. Achei que um pouco de Poe faria bem. Pelo menos daria motivos literários praqueles olhos espantados. Mas hoje a coisa está feia. Já passaram pela banca moças pedindo aquele lá, aquele tal Coelho, mas eu nunca tive. Não vendo produtos de má qualidade. Sugeri outros, elas nem ouviram. Coitadas, só ouvem o que querem ouvir. Foram pro açougue em frente. Diz que lá está cheio de Coelhos. Faz sentido. Veio também aquela velhinha, querendo Baudelaire. Os olhinhos brilharam ao pedir. Sorria sozinha, enfiada nas lembranças. Não vendi. Dei de presente. Quem aos oitenta brilha os olhos por Baudelaire merece. E assim vou levando minha vida de feirante. Acordo cedo, monto a barraca, espalho meus produtos ao lado da barraca de bolachas e encostado na de pastel. Já reclamei com a dona dos pastéis que engorduram meus produtos. Mas é a vida. Um pouco de sol, um pouco de gordura, muitos cheiros, folhas e vento. Qual Borges não gostaria? Espero agora ansiosa a época de Machados. Inverno. Onde o olhar oblíquo das Capitus esquenta as noites. Inverno vende bem. Duro é acordar cedo pra montar a barraca...
21.4.09
1.4.09
20.5.08
Al entrar en la Feria del Libro, cada año, descubro que mi teoría acerca de la fragilidad de la voluntad de sus trabajadores se mantiene intacta. La teoría, palabras más, palabras menos, es la siguiente: del mismo modo que a un alcohólico (a un verdadero alcohólico) le basta una cantidad irrisoria de alcohol para superar el nivel etílico en sangre y pasar, en un instante, a comportarse como un beodo, a los empleados que desde hace muchos años trabajan en la Feria les bastan apenas algunas horas para adquirir el semblante que tendrán aquellos empleados primerizos después de veinte días agotadores de Feria. Es así. Pude comprobarlo a lo largo de los quince años en los que trabajé en ella. Los síntomas son esos: un agotamiento atroz, un desfallecimiento. El surgimiento inmediato de ojeras violáceas, dolor de rodillas y espalda, abulia, embotamiento, intolerancia. Sobre todo intolerancia. Al cabo de unas pocas horas trabajando en la Feria del Libro, la catarata de preguntas y exigencias fuera de lugar de los que acuden a ella hace que uno haga inmediatamente suyas aquellas palabras apocalípticas de Ciorán: "Cada vez que salgo a la calle y veo a la gente, la primera palabra que acude a mi mente es la palabra exterminación". Suena exagerado, pero se parece bastante a la sensación que experimenta alguien que sin tener tendencias cabaleras mayor que la de muchos, e incluso teniendo tendencias cabaleras menor que la de tantos, confía en que la primera pregunta que escuchará en esta Feria signará, de algún modo, el carácter de las preguntas venideras. Porque lo cierto es que no hay nadie, nadie, ni una sola persona, nunca, que pida un libro por su título correcto. O mejor dicho: no hay nadie, nunca, que pida un libro sin equivocarse en una de las coordenadas esenciales (autor, título, editorial), lo que lleva a quien debe satisfacer sus inquietudes a realizar trabajos mentales de arqueología libresca bastante complicados, que no es el lugar éste para enumerar y tratar de discernir. Son cosas complicadas, que se relacionan con la misma cábala que lleva a un arquero a pensar que si la primera pelota que en un partido debería llegar a sus manos, no llega, eso es signo de que, en lo sucesivo, vendrán muchas, muchísimas más pelotas que terminarán dentro del arco. Es algo que el arquero sufre, pero que le cuesta trabajo explicar. Al empleado de la Feria le pasa algo parecido: la primera pregunta, el primer requerimiento es crucial. —¿Qué está buscando, señora? —¿Tiene el libro Tus zonas de roña? Largos, larguísimos días Hay un libro que describe con exactitud y humor esa andanada interminable e ilimitada de equívocos y fallidos que hacen que la gente confunda el nombre del libro que está buscando. Las Memorias de un librero, de Héctor Yánover, recopila ese anecdotario que, al poco tiempo de editarse, pasó a ser una antología de mitos urbanos, de historias mal adjudicadas: todos los libreros, si son lo suficientemente mentirosos, aseguran que ellos fueron los protagonistas de, al menos, una de aquellas anécdotas. Por ejemplo, la del cliente que, muy suelto de cuerpo, pide al librero Mi negro sentimental, de Salvador de Madariaga, en vez de El semental negro. Insisto: la colección es infinita, y el deterioro semántico a veces es tan nimio que cuesta creer que pueda ser capaz de llevar a un equívoco. Como aquél que entra a una librería y pide el libro La rayuela, y el vendedor se siente atravesado por el rayo de la duda, porque el título, efectivamente le suena, pero no puede precisar "exactamente" de qué se trata. O aquella otra, que entrando a una librería pide muy suelta de cuerpo: "¿Qué tienen de Robert Hart?", y el vendedor, tímidamente, porque no quiere que el cliente sienta que está intentando atentar contra su autoafirmación personal, le pregunta: "¿Quién es Robert Hart?". Y la cliente hace lo peor que se le puede hacer a un vendedor de libros, esto es, hablar, en voz alta, pero dirigiéndose a un amigo invisible que, vaya uno a saber, siempre está a la izquierda de ella, dice. "¡No sabe quién es Robert Hart!". A lo que el vendedor, insistiendo educadamente, le pide que, por favor, le diga, al menos, el título de una obra escrita por el tal Hart. Para escuchar una respuesta que lo deja tieso: "Los siete locos". Todos tienen una colección inacabable de anécdotas de ese estilo. Pero para cualquiera que trabaje en la Feria es de muy mal agüero comenzar con un requerimiento de ese estilo.Y siempre, siempre, la primera jornada empieza con alguna pregunta como ésa. Siempre. Aquí surge algo Se recomienda a los visitantes que acudan el último día y que se queden a esperar el cierre definitivo, la sirena, la última campanada. La reacción de los que estuvieron trabajando en ella durante más de veinte días es tan desmedida, la euforia es liberada con tanta energía, que uno se pregunta qué habrá pasado, qué habrá sufrido esa pobre gente. Actúan como penados a los que acaban de informarles que ha entrado en vigencia una amnistía. O actúan como deben de actuar los soldados en el frente de batalla cuando se enteran que la guerra ha terminado. Hacen falta dosis exageradas de sufrimiento para alegrarse así. Y lo cierto es que es así. Un vendedor de una prestigiosa distribuidora de libros españoles en la Argentina explica:"Cada año, cuando llega el momento de hacer los arreglos de honorarios para venir a la Feria, me acuerdo de lo que sufrí el año pasado y aumento mi cachet, esperando que me lo nieguen. Pero siempre aceptan. Y siempre, al tercer día de Feria, me doy cuenta de que una vez más, lo que pedí no es suficiente y que tengo que pedir más el año que viene". Es como una carrera en la que tratan de igualarse el salario y el esfuerzo. Nadie queda satisfecho, siempre es demasiado poco. No es culpa de los empleadores, o mejor dicho, no siempre es culpa de los empleadores: la culpa la tienen los visitantes. ¿Particularidades? Gente inquieta, atenta y expectante, que tiene hacia la Feria del Libro una actitud que al diferir de la actitud que debería tener cuando visita cualquier otra feria, también se siente decepcionada y proclive a la queja. Van en busca de algo concreto, que al mismo tiempo es algo que podría encontrar a la vuelta de la esquina, en cualquier librería de barrio o en el centro. Pero han pagado la entrada y sienten que la Feria, esta Feria, debe retribuirlos poniendo en sus manos el libro que habían prometido leer hace décadas y que por una razón u otra fueron posponiendo. He aquí el lugar y el momento. Pero no entienden la disposición estratégica conque está montada la Feria. Piensan que cada stand ofrece más o menos lo mismo o debería ofrecerles más o menos lo mismo. ¿Editorial? ¿Qué sustantivo es ése? Los libros son, sencillamente, libros, y el que el cliente busca debería estar en el stand más a mano; o al menos en el que está más vacío. La lectura superficial de los libros más vendidos en la Feria aporta más datos sobre la imposibilidad de interpretar satisfactoriamente las razones que llevan a la gente a acudir a ella: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, La metamorfosis, de Franz Kafka... Todos libros que incluso pueden encontrarse en los kioskos del subte. Un enigma. Ni siquiera García Márquez y Kafka acudieron a la Feria a firmar ejemplares, lo que ayudaría a explicar un poco la cosa. Es inexplicable. El amor antes de la Feria Pero la Feria es también el lugar donde el amor se da cita. Son muchos los que han encontrado parejas –duraderas, incluso–, en una tensión laboral-sexual que no difiere mucho de la tensión laboral-sexual que cotidianamente viven en sus propios lugares de trabajo. Porque, salvo raras, rarísimas excepciones, los empleados que acuden a la feria de 14 a 22 no dejan por eso de responder a las exigencias cotidianas que les exige su trabajo. Los horarios se acortan, pero en sentido estricto deben cumplir con la misma labor en menos tiempo: la Feria no es una excusa que les permita a los corredores de editoriales, por ejemplo, dejar de atender el suministro de novedades a las librerías de Caballito. Y la tarea que durante el año les toma 7 u 8 horas, ahora deberán cumplirla en 5. Y luego viajar hasta Plaza Italia y lidiar con libros y clientes hasta las 22, los viernes hasta las 23. Hasta que el amor aparece... Y entonces todo cambia. Los primeros días divisaron, a pocos stands de distancia, a una rubia con ojos color de rubí que al verlo sonrió con timidez. Si no fue lo suficientemente desfachatado, habrá tardado una semana en atreverse a invitarla a un café. Luego, tal vez por casualidad, tal vez por calculada coincidencia, se encontraron atravesando la puerta de salida a la misma hora. Y casualmente fueron para el mismo lado. Y tomaron juntos un taxi. Y tomaron otro café. Y ella lo invitó a subir a su casa. Y todo comenzó. Para los empleados veteranos, el "levante ferial" o se concreta durante los tres primeros días o hay que reconocer que se ha perdido la batalla del sexo casual. Porque al principio siempre es casual. Luego se verá. Otras veces lo que prevalece es concretar un amor que se dio por comenzado en la Feria del año anterior, cuando uno era lo suficientemente feliz e indocumentado como para atreverse a dirigirle la palabra a una morocha despampanante a la que varias veces descubrió fumando sola afuera —la Feria ya no es la misma desde que está prohibido fumar entre sus paredes. Otras parejas, en cambio, perduran con los años, y los amantes dan por finalizada la guerra de los sexos (en la Feria, al menos). Otros no dejan nunca de insistir. Cada año apuntan a la misma víctima, en espera de vaya uno a saber qué cambio de actitud. Insisten, cada año, con la misma. Cada año son rechazados descaradamente. El año que viene volverán a insistir. Comida, mi plato favorito La nutrición es un elemento importante, y en tanto que tal está, digamos, poco contemplado pensando en quienes dan vueltas en la noria –puede sonar un poco exagerado, ya lo sé, pero quien trabajó en la Feria sabe que no exagero. Los precios son calamitosos, bien pensados en quienes, cual turistas extranjeros, se adentran en terreno desconocido, virgen, donde, como en Venecia, todo tiene otro costo, por la sencilla razón de que se encuentra lejos de tierra firme, en el campo, como llaman los venecianos al resto del mundo. Los precios son exorbitantes, y el empleado considera incluso justo que así sea, porque de lo que se trata es de esquilmar al comprador, pero no entiende por qué, encontrándose del mismo lado, lo roban a él, un simple trabajador que sufre de las mismas intemperies y sinsabores. Muchos, los más experimentados, plantearon como condición para trabajar este año que sea el empleador quien le pague la cena. Ellos son los privilegiados. Pero los otros, los que tienen que desembolsar el costo nutricio de su propio bolsillo... esos pierden. Los números no cierran. O, en su defecto, lo que merma es la nutrición, y al cabo de quince días la debilidad se hace patente en el modo de maltratar al público, en la resistencia a mantenerse de pie, en el poco resto existente para no cerrar los ojos y dejarse llevar por el sueño.¿Por qué comer en la Feria cuesta tan caro? ¿Y por qué se come tan mal? Pasan los años, y ni siquiera recordando los viejos tiempos en Pabellón Municipal de la Facultad de Derecho, cuando la Feria era invadida por el humo de las parrillas, la sensación cambia: veinte días a choripán dejaban tieso a cualquiera, resquebrajaba la salud más férrea, hacía tambalear al empleado más saludable. Y sin embargo aquello tenía lo suyo. Era más nacional y popular, si se quiere. Y más barato. La pregunta sigue sin respuesta: ¿por qué el final de la Feria del Libro suscita en quienes la yugaron durante más de veinte días semejante algarabía, semejante alegría? La Feria es un paseo. Un tanto claustrofóbico, es cierto, pero es un paseo. También se visitan los salones claustrofóbicos del Vaticano y las cuevas de Altamira. Deambular tiene su encanto, y no siempre, como se dice, el interior de la Feria del Libro se parece mucho a un subterráneo en horario pico. Hay ciertas horas en que puede resultar agradable, apenas abre, con sus bellas promotoras y vendedores descansados, dispuestos a enfrentar el largo día. De acuerdo, ¿pero qué buscan? Libros, ni más ni menos. Después de todo la Feria está repleta de libros. Y basta con entrar para que la memoria del paseante entre en movimiento. "¿Cómo se llamaba aquel libro de cocina africana que me recomendó Marisa? ¡Ah, sí, Cocina afrodisíaca!" Y el libro se convierte en un anzuelo, o mejor, la zanahoria siguiendo la cual uno deambula igual, pero con un cometido. Hay un equívoco la mayoría de las veces, ¿pero qué importa eso? Cuando nos decepcionemos, cuando descubramos que cocina afrodisíaca no es cocina africana ya será tarde, habremos dado tantas vueltas que podremos asegurar que conocemos la Feria del Libro de punta a punta. Buscar, pesquisar es agradable, aunque ni siquiera sepa lo que busca.En cambio es duro para quienes tienen que aclarar las dudas. O para quienes, distraídos o cansados, se prestan por un instante a ser instrumentos de ese equívoco y pierden el tiempo buscando lo inexistente. Y eso agota a cualquiera. O también, venganza Pero hay quienes se vengan. ¿Cómo era?: "La venganza del más débil siempre es más feroz" (Balzac). ¿Y aquel proverbio inglés, cómo decía?: "La venganza es un plato que debe servirse frío". Así es. Dado el carácter laberíntico de la Feria, es difícil que alguien en quien uno ha volcado todo su rencor ferial vuelva a encontrarnos. De modo que si alguien está buscando libros sobre feminismo es divertido mandarlo al stand de la editorial "El frente oso hormiguero", que naturalmente no existe, y donde encontrará todo lo referente a feminismo, e incluso más. El nombre de la editorial les resulta sospechoso, pero si han visto editoriales con nombres más estrambóticos, no hay razón para que no exista una con un nombre tan feo y tan... Pero hay cosas peores. Alguien, delante de mí, pide un manual para cazar sapos. El vendedor reprime una risa y gentilmente le señala al cliente el más allá, el otro extremo de la Feria. El último pabellón, allá, lejos. Asegura que hay un stand donde ha visto no uno, sino varios manuales para la caza de sapos. Y por las señales que acaba de darle descubro que está hablando del stand de la embajada de Cuba. Así que cuando se queda solo me acerco y le pregunto al vendedor a dónde hubiera mandado al cliente que le pidiera un manual para la cría de gusanos. —Al stand de la embajada de Estados Unidos, en el pabellón amarillo. Como broma es bastante pueril, incluso estúpida, pero uno sobrevive a la feria gracias a esa continuo recambio de ocurrencias inocentes. Sin humor no se puede vivir. Ni en la Feria ni afuera. Pero en la Feria menos. Un whisky entre amigos Llegados a este punto se comprende el porqué de tanta felicidad a la hora del cierre. Es casi como un fin de año laboral, 265 días reducidos a poco más de una veintena. Vuelan papelitos, se escuchan silbidos ensordecedores, aplausos, gritos. Es la felicidad en estado puro, la liberación del yugo, el no va más. Poco antes, las miradas estuvieron fijas en los relojes. Hubo una cuenta regresiva y alguien comenzó con el alboroto. Hay abrazos, besos. Hay un stand que históricamente suministra whisky gratis a los visitantes conocidos, la clientela fija, digamos. No son clientes, no son compradores los agasajados. Nada de eso. Son los propios puesteros, vendedores, promotores históricos que saben que en ese stand encontrarán el pequeño y amargo consuelo del scotch servido en vasitos de plástico. Hace falta un santo y seña, y el santo y seña lo da la cara y el hábito, ser alguien conocido y bienvenido. Se charla brevemente sobre los avatares de la Feria en curso, se beben unos sorbos de whisky, nada del otro mundo. Pero a medida que pasan los días, ese stand se convierte en un oasis de buenhumor, en una fuga. En primer lugar, los agasajados se sienten elegidos (lo son). En segundo lugar, son los mismos anfitriones los que encuentran en ese pequeño ritual un alivio. Ver una cara conocida, ponerse al tanto de sus vidas, de las idas y venidas laborales y sentimentales de aquellos a quienes uno quiere, y todo ello mientras se trata, sin cesar, de hacer frente a los caprichos e ignorancias de distinta estirpe de los paseantes. Todos ganas, como en la perinola. Todos se sienten reconfortados, al menos durante un rato. Luego hay que volver al yugo. El lector que nunca llega Y luego están los autores. Una especie extraña. No los autores en sí, me refiero a los autores que propician y se sienten honrados de acudir a la Feria a firmar ejemplares. Es un ejercicio de vanidad irreprimible, fundamentada teóricamente por aquello de que todos los autores sueñan con ponerse en contacto con quien los lee. En cambio debería fundamentarse con el mal de Roussel, aquel muchacho de veinte años que luego sería el modelo inspirador de Cortázar, que cuando publicó una novela en versos alejandrinos estaba seguro de que la gente iba a darse vuelta en la calle para mirarlo. En cambio, como era de esperar, no ocurrió tal cosa. La Feria es, también, el reducto donde van a parar durante veinte días esa fauna impropia y vanidosa, la de los autores desconocidos que esperan ponerse en contacto con lectores inexistentes, y que mientras tanto se deprimen calentando la silla y mimados levemente por los empleados del stand. Representan una imagen más bien patética, porque incluso hay quien se les acerca, libro en mano, para preguntarle, por ejemplo, dónde queda el baño. Durante un instante la cara del escritor se enciende, pero al instante se apaga otra vez. Y sigue esperando la llegada de un lector que nunca llega. A eso se contrapone la visita del escritor ilustre, de lustre. Esos, por lo general, cumplen con una deuda de amor: deben estar en la Feria, sus lectores los esperan. Pero quisieran estar en otra parte. Firman y dedican libros sin parar durante su breve estadía, son simpáticos, escuchan, aceptan críticas, hacen bromas. Pero quisieran estar en otra parte, en otra compañía. Con ellos, los empleados se mantienen ausentes. Establecen una relación más breve que la que son capaces de establecer los lectores: saludan al escritor ilustre a la llegada, lo despiden cuando llegó el momento de irse. Pero el ignoto, aquel que con el paso de los minutos está cada vez más hundido en su silla, ese merece conmiseración y respeto en dosis elevadas. Y es el empleado el que, entre venta y venta, lo convida con un café, se muestra momentáneamente interesado en su obra, habla de lo que sea, del tiempo, de la Feria, de sus autores predilectos, de sus autores odiados. Y así la soledad resulta menos ruidosa. Pero hay algunos amables y desinteresados en los efectos que pueda acarrear su autoría. Son seres simples, que uno adoptaría como amigos, que gozan de los placeres simples y que no le piden a la vida, como aquel personaje de Cortázar, más que un pedazo de tierra donde instalar su reposera y leer su diario con noticias exaltantes. Prefiero a éstos. Finalmente, hemos llegado Lo verdaderamente extraño es la disparidad existente entre el armado de los stands y el desarmado. El armado se hace con rapidez. Las cajas de libros deben ser vaciadas y el contenido debe ser pulcramente acomodado en las bibliotecas, en las mesas y en los exhibidores. Todo eso toma tiempo y mucho trabajo. Pero el desarmado es casi instantáneo, vertiginoso. Cuando el lunes 12 de mayo, a las 10, sonó la señal, luego de la algarabía, comienza el desarmado frenético. Los libros se arrojan (no se acomodan, se arrojan) dentro de las cajas, como sea, sin orden, sin criterio. En algunos casos se lanzan a distancia. Todo se precipita, el visitante no entiende lo que pasa. Aquello que tardó un día entero en ser preparado, se desarma en 15 minutos, es sorprendente. A las 10.20 ya todos los libros están acomodados en sus cajas. El personal de mantenimiento de la Feria ya pasó a desconectar los teléfonos, ya los stands empiezan a quedar a oscuras, se llevan hasta las lamparitas. Y las alfombras. A las 10.30, media hora después del cierre, ya no quedan ni las alfombras. Es como el paso del huracán de la mano de obra especializada. La Feria se disipa así, en un abrir y cerrar de ojos. A veces delante de los mismos visitantes, que asisten a un espectáculo inusual: el de ver cómo se destripa una Feria; ver cómo es ambiente que hasta hace poco lo atraía hacia sí, tratando de hipnotizarlo a fuerza de impactos de efectos visuales (las tapas de los libros son eso: efectos especiales), ahora lo rechaza, lo ignora. Pobre del que se atreva en esos momentos a pedir algo. Nadie lo oirá, nadie le prestará atención. Nadie escuchará sus preguntas. Todos quieren irse. Ya se van. Ya se fueron. Algunos, sin embargo, rezagados, permanecen. Visitantes y empleados. Los visitantes dan vueltas dándole un último adiós a la Feria que ya es pasado. Los empleados, muchos de ellos, festejan a su modo, tomando gaseosa y comiendo pizza que se han hecho traer de enfrente, de Kentucky. Están relajados, sonríen. No es para menos: todo ha terminado. Una Feria más ha llegado a su fin. Ahora se enfrentan a otro abismo, también inagotable. La vida común, la vida sin Feria, comienza mañana a la mañana. Hasta el año que viene.
13.5.08
Al sur del Edén, en la Rural y a pesar de lo que digan los críticos de la Feria del Libro No es algo nuevo. En realidad reaparece cada año, para la misma fecha. Crece como una infección, se expande, y al final se extingue. Es como una pequeña guerra privada, que si tiene una razón de ser es hacerle sentir a sus detractores que, en última instancia, ellos también participan del evento, forman parte. Los detractores de la Feria del Libro son, en última instancia, tan inofensivos como los detractores del humo (menuda lección tuvieron hace poco, cuando fue posible convivir en medio de una humareda persistente sin que las calles quedaran regadas de cadáveres: el humo también es inofensivo). La Feria del Libro no difiere de cualquier otra feria barrial. Hay gente que vende libros y otra gente que los compra. O que al menos los mira. No es que crea que los libros pueden ser portadores de más felicidad que un zapallo. A mí, en lo personal, me deparan mucha más felicidad, pero puedo comprender perfectamente que alguien sea feliz comprándose un par de zapatos, y no creo que el dinero esté mejor invertido en libros que en cualquier otra hortaliza (además del zapallo, digo). De modo que la Feria con mayúscula no difiere mucho de cualquier feria con minúscula. No hay que buscar la satisfacción en todos y en cada uno de los instantes de la vida. Y la Feria del Libro no difiere tanto de la vida. De hecho es parte de nuestra vida. El problema que sufren los detractores es que le piden a la Feria más de lo que la Feria puede dar. Libros, nada más. Libros de especie variada. Y la Feria es como una selva, a la que hay que entrar siguiendo las pistas del fuego, el aire, el agua y la tierra. Hay que saber oler. Y sobre todo no preguntar. Deambular mudos, mirando. Eso es todo. Si algo aparece, bien, habrá sido una buena Feria. Si no aparece nada, habrá sido una Feria más. En mi caso, fue una buena Feria: encontré Al sur del Edén, de David Mamet, una especie de memoria en la que Mamet habla de cómo restauró su casa de madera en Vermont, rodeada de campos y huertos. Un libro que habla acerca del pánico de perderse en los bosques y de la emoción de cazar ciervos con arco y flecha. El libro comienza con una reflexión aplicable a la Feria: "Existe un misterio de lo evanescente que está presente de forma regular, intermitente, y se diferencia del conocimiento consciente". Yo siento eso en la Feria del Libro. Jamás se encuentra lo que se busca, pero si se está atento y abierto a la aparición de lo inesperado, bueno, puede ser que uno vuelva a casa con algo interesante bajo el brazo. Parafraseando a Lichtenberg: "La Feria es como un espejo: si se mira en él un mono, no va a reflejarse un apóstol".
12.5.08
El mega recital de las minorías Ante la imposibilidad de asistir este año, inédita pero real, reflexiono desde la añoranza. Sin caer en redundancias condenatorias me reclino a mirar la Feria como lo que es, ante todo un espectáculo y nunca un evento cultural. La ficción de la popularidad Siempre existió una oposición básica instalada en los meandros conceptuales del debate cultural: la lábil cultura de masas –hija de la industria cultural- con su avasalladora penetración, frente a la cultura estudiosa de elites, reservada no por vocación sino por la exigencia de sus contenidos. La actividad de la lectura toda –y la industria editorial por lógica añadidura- fue experimentando en los últimos años el ingreso a una plataforma melancólica en vistas de su progresiva decadencia, que se siente hoy día casi como el conato de una cuenta de regresiva a la extinción. Esa mística depresiva está apuntalada por la realidad palpable de los números y las sensaciones de la experiencia; leer se vuelve cada vez más una costumbre pasada de moda, imputable ya como hábito de una minoría decreciente, que sobrevive con cierta y milagrosa efervescencia a pesar de todo por la obstinación de su culto, pero que irremediablemente está destinada a días de ostracismo periférico, a años luz de las grandes tendencias del consumo de masas que pasan por el crecimiento exponencial de las comunicaciones virtuales y otras yerbas semejantes. Por ello, lo que más me impacta de la Feria es esa capacidad revolucionaria de trastocar casi instantáneamente el orden de los ánimos y las perspectivas en torno a una actividad que es capaz de construir un viaje supersónico desde las catacumbas ignoradas al más luminoso de los estrellatos de masas. Se pasa de compartir el lamento de no conseguir público para llenar un pequeño pub al mega recital que llena 10 noches la cancha de River. La Feria del Libro es el espacio que se reservan los practicantes del culto a la lectura para darse el milagro imaginario –y como tal falso e impostado- de la gran fiesta popular. Por unos días se vive en la ficción de que todos leen, se construye una escenografía de hiper-popularidad donde escritores y lectores se convencen de ser partícipes de una centralidad que saben perdida. Obviamente ese pasaje vertiginoso de escalas tiene su costo en tanto el libro debe vulnerar toda su identidad para adoptar un argumento de pura ficción y apropiación de atributos ajenos: necesita volverse espectáculo grandilocuente al menos unos días al año, y por ello crece hasta volverse ajeno a su propia realidad, incorpora la impronta de todos los objetos consumibles que lo rodean; la Feria del Libro es al mismo tiempo feria del Diseño, de la Moda, de la Decoración, del Encuentro, del Periodismo; todo lo que contribuya a lograr la ansiada excitación hipertextual. La función cada vez más gigantesca del circo Imaginario aparece como una compensación necesaria para mantener el circo pequeño de lo Real; presumo que la Feria será cada vez más grosera, faraónica y ampulosa en tanto la realidad del mercado editorial sea más famélica y decadente. Todo es autógrafo La Feria sigue siendo la gran facilitadora del contrato cholulo. El instinto del mercado con su sabiduría inigualable da cuenta de ese cholulismo del lector como la única realidad energética capaz de motorizar el consumo, y que necesita ser excitado en un acto de prestidigitación espectacular para que renueve su salud de explotación. Si la gente dejara de imaginar a algunos de los escritores como estrellas inalcanzables dejaría de comprar libros. Hoy día toda compra de un libro es en realidad un pedido encubierto de autógrafo al autor, un acto de reverencia estelar más que una procuración de cultura o el cumplimiento de un supuesto de formación. No importa si el autor es una figura tan popular como un futbolista o un personaje de culto subterráneo, la actitud que conduce a la compra es la misma; quedarse con un testimonio imperecedero de proximidad metafísica con lo venerado. Si dejaran de existir las vedettes televisivas nadie vendería una entrada en los teatros de revista de la calle Corrientes; si eventos como la Feria –junto a otros dispositivos habituales como la crítica y el periodismo cultural- no ayudaran a fabricar estrellas nadie compraría más un libro. Un justo homenaje Pero hay otra dimensión del mismo fenómeno que permanece en un plano de oscuridad: la bomba docente. El infernal movimiento de las gestoras y gestores que desde bibliotecas populares y escolares de todo el país concurren a la Feria para realizar esas grandes compras anuales que proyectan en meditados preparativos; desde la edición escolar de El Doctor Dr Jekyll y El Señor Hyde para distribuir entre los alumnos hasta el pesado tomo de aquella enciclopedia que parecía inalcanzable para la biblioteca de un pueblo. Verdaderos pilares ignorados del estrellato editorial, son su alimento más fiel y anónimo. Para esos batalladores la Feria funciona como encuentro religioso, una especie de congreso destinado a beberse una eucaristía multitudinaria renovadora del espíritu docente. Esta crónica de ausencia termina con un bien demagógico homenaje: tal vez debiera erigirse algún día un monumento al consumidor de Libros de Texto, monumento al soldado desconocido de la industrialización librera Argentina.
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9.5.08
Me desentiendo de los números. Ni juego a las loterías, ni apuesto a caballos o paños verdes repletos de números. El azar y el dinero no se llevan, pero la vida y el azar están más que relacionadas, diría que se han fundido en todas y cada una de las personas que conozco. Y más aún, en las personas que todavía no conocí. En las Ferias del Libro hay exceso de público, olores, murmullos, músicas, colores. Estímulos por doquier, peor que en un súper supermercado. Esos de pasillos interminables y multitudes de objetos al filo de plateas, convocando a ser llevados. Gaste idiota, ¿acaso a qué vino hasta aquí? Vamos, lléveme para siempre. Y el sujeto llena un carro al tope de cosas tan inútiles como el tiempo que gastó en juntarlas, caminando, perdiéndose, esperando a pagar como una vaca antes de subir al camión de hacienda. La hilera interminable del consumo. Los libros no se compran en un supermercado. Para eso están las librerías. Pero nada está completo, pues los verdaderos libros (esos que nos transforman para siempre, o nos recuerdan el pasado con fulgor) están en otro tipo de establecimientos. Pequeños locales apartados de la vida mundanal de las marcas, sellos que vacunan con calidad aquello que el consumidor desea leer, necesita leer, o que lee guiado por un rayo de certezas medianas, conforme a derecho, lisas. En esos locales fuera del centro de la batalla figurativa me siento a gusto, conforme a mi derecho a buscar sin ataduras. En general camino por la ciudad de Buenos Aires con pocas ganas, mirando edificios reciclados, esquivando gente sucia demasiado apurada por llegar a ningún lado. Por la calle Humberto Primo, ayer, casi llegando a Piedras, detecté un pequeño local repleto de libros de viejo. El amable librero, con cierto aire militante peronista de izquierda, no sólo me incitó a la búsqueda, sino que facilitó un breve mapa de las ubicaciones. Había una edición en tres tomos de La Divina Comedia en italiano, anotada, comentada, envuelta en celofán transparente. Más allá ciertas novelas de autores desconocidos, colecciones populares de olvido forzado por la vulgaridad de las historias individuales. Sellos que, uno tras otro, habían desaparecido para quedar en esas estanterías, en una posteridad que me daba el azar por encima de cualquier vida, dinero, o testarudez ajena. Sin saber por qué, me puse triste, apesadumbrado. El tiempo se lleva todo, arrasa con la marca vital y la gloria se desvanece en ese zócalo de madera raído, rodeado de paquetes atados con hilo de algodón. Ese espacio mínimo de la librería me dio idea de un territorio íntimo, y ahí me hice fuerte, seguí buscando. Entre los del estante de filosofía encontré un título poro demás fascinante: La conducta de los animales, de Eric Fabricius, de la Universidad de Estocolmo, Eudeba Lectores, número 85, editado por primera vez en 1966, y cuya reedición data de 1977. Año de masacre, año de conducta de animales famélicos de gloria anónima. Lo separé. El título original reza en el copy: Etologi. Más hacia la entrada, sobre una mesa, un pequeño libro con sobrecubierta en negro y lila, lleva por título Hokusai, texto de Osvaldo Svanascini. Una pequeña obra, libro objeto, de diez por diez y seis centímetros, 64 páginas, impresas en papel ilustración de 75 gramos, tipográfico, con grabados, con plomos de plomos tramados, en tinta negra cuya presión del plato de impresión se nota al simple tacto. Fecha de edición, 1960. Ediciones Mondonuevo, Colección Amida. En la solapa enumera otros libros publicados, entre ellos El zen y el arte de los arqueros japoneses, Eugene Herrigel. Libro que leí gracias a la recomendación de Carballo, profesor de arte del EDAC, cuando vivía pendiente del cine y otras migraciones del conocimiento. Pero esa edición debió ser la primera en Argentina, la que inauguró la difusión del arte japonés en la post guerra. Los dos libros treinta y dos pesos. El libro objeto lo coloqué dentro del ejemplar de Hollywood, Bukovski, Anagrama Contraseñas. Caras y gestos de los grabados de Hokusai, de ese Manga fundacional del arte japonés, los encontré deambulando en Constitución, dentro del tren, donde se acumulaban otro tipo de productos desgastados, imposibles de llevar, productores de agobio y malos olores en malas condiciones de vida. Fui leyendo la novela de Bukovski tratando de mantenerme serio, concentrado, reír entre esclavos era de mal gusto. Lectura en frases cortas, tajantes, sin ornamentos, ideal para viajes urbanos tristes. En la Feria del Libro nada de esto puede ocurrir, por eso no voy. Además, es patético ver a un autor sentado mirando la nada representada en esa marea de zoombies que lo ignoran. Sentado ahí para firmar ejemplares, cuando el verdadero ejemplar es él, expuesto como mono en jaula. La sensación de descubrir una obra es inigualable, y todos sabemos que la aventura, la adrenalina de esa experiencia, aunque en dosis mínimas e imperceptibles, produce sueños placenteros. Como el que tuve anoche, en donde caminaba descalzo por la playa de un lago, mientras una manada de ñandúes me observaba a distancia, tal vez interrogándome sobre el libro que tenía bajo el brazo. No recuerdo si graznaron o hablaron en el idioma de los sueños, pero se fueron tranquilos. Y me quedé ahí, sabiendo que dormía, los pies mojados, buscando una piedra donde sentarme a leer, o para seguir durmiendo en la felicidad de la calma.
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